Sobre Educar a Mi Hijo en Valores… y unos Codazos en el Cine

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Hace unos meses fui al cine con mi esposo a ver ‘Avengers: Infinity War’, lo cual constituyó un doble milagro: primero, por la salida en sí, y segundo, por la proeza de ver una película en su semana de estreno. El doble milagro se lo agradecemos a los abuelos que se quedaron cuidando a nuestro pequeñito.

Como una anécdota paralela al tema central del post les contaré que, cansada del día, me debatía en uno de los eternos dilemas de las madres: ¿ir al cine o descansar aprovechando que mi hijo se había dormido temprano? Finalmente, con el sueño a cuestas, decidí salir, distraerme un rato y, por una vez en mucho tiempo, estar actualizada en términos cinematográficos.

Confieso que me sentía muy a la expectativa con la película porque hasta ese momento todos los comentarios eran buenos y había logrado llegar sin alerta de spoiler.  Seguramente, a estas alturas la mayoría de aquellos que lean este post habrá tenido la oportunidad de verla y lo único que cautamente comentaré (para no estropearle la experiencia a los que no la han visto) es que el final es totalmente inesperado.

Pero, en fin, este no es un post sobre la película sino un post sobre educar a mi hijo en valores y como se relaciona esto con unos codazos que recibí ese día en el cine.

Sobre Educar a mi Hijo en Valores y unos Codazos en el Cine.

La Llegada

Mi esposo y yo llegamos al cine y retiramos los boletos.  La fila para comprar los snacks estaba larguísima, así que obviamos la experiencia completa y decidimos no comprar las palomitas de maíz.

Entramos a la sala y nos sentamos en nuestros puestos ubicados contiguos al pasillo. Mi esposo se sentó en el asiento a lado del pasillo y yo me senté en el asiento interno. Los asientos contiguos al mío aún no estaban ocupados. Poco tiempo después de empezar los avances de las películas llegaron los ocupantes de dichos asientos: una pareja. El hombre se sentó a mi lado. Calculo que era un hombre en su treintena, en definitiva, más joven que yo.

Es por todos conocidos que en las butacas del cine, en las salas estándar, tienes que compartir el reposabrazos de la butaca con la persona que se sienta a tu lado, la cual puede ser conocida o desconocida.  En este caso, por un lado compartía reposabrazos con mi esposo y por el otro tendría que compartirlo con el que llegaría a ocupar el otro asiento. Así que tomando en cuenta eso coloqué discretamente mi brazo calculando el espacio que consideré me correspondía de ese limitado espacio.

Finalmente, cuando el ocupante del asiento llegó, con sus palomitas de maíz y su bandeja de snacks, ocupó casi toda el área del reposabrazos. Primera Alerta. Me pareció poco educado, pero no quise darle mucha importancia y continué viendo la película.

Los Codazos

A mitad de la película (a estas alturas yo había dejado de colocar mi brazo en el reposabrazos porque este hombre se había adueñado casi por completo del mismo) sentí el primer codazo en mi costado. Obviamente, no me gustó, pero tuve que darle el beneficio de la duda al individuo y pensar que fue involuntario. Involuntario o no, lo cierto es que no hubo un “perdón” o un “disculpe” después del golpe.  Menos de dos minutos después llegó el segundo codazo y empezó a parecerme sospechoso. Al tercer codazo, menos de un minuto después, me encontraba molesta y tuve que decirle “Joven, me está golpeando”.  Hasta allí llegaron los codazos.

Probablemente, se pregunten ¿por qué esperaste a recibir 3 codazos para decirle algo? Simple, porque partí de la premisa, y no esperaba menos, como la mayoría de veces no lo hago, que iba a recibir de esa persona el mismo comportamiento y trato que yo estaba brindando. Error. Esto me ocurre mucho: medir a los demás según mi estándar de valores y de comportamiento y esperar de ellos no menos que eso. Debido a esta expectativa personal cuando me ocurren situaciones  como ésta suelo estar un poco desprevenida y mi reacción a los acontecimientos no es muy rápida.

Ciertamente, desde un principio noté que el comportamiento del individuo no fue adecuado.  No respetó los límites básicos del espacio personal, lo cual es fundamental para la convivencia en sociedad, y tampoco pidió disculpas, pero pensé que aquello no pasaría de ser una ruda desconsideración.

Claro, la historia puede tener otro giro: puede ser que el tipo actuó con toda la intención y no puedo pensar en otra intención más que una turbia y libidinosa sobre la cual no quiero extenderme en este post (aunque quizá sí debería) lo cual desafortunadamente es peor de lo que preliminarmente había pensado.

El Cuestionamiento

Esta situación, por muy trivial que parezca, inició en mi mente todo un debate acerca del comportamiento social en la actualidad, de cómo criar y educar a mi hijo como parte de una sociedad que, a mi consideración, cada vez más adolece de valores, hasta en situaciones tan sencillas y cotidianas como saber comportarse en un cine.

Me cuestioné ¿por qué educarlo con valores si la respuesta y el trato social que recibirá en muchas ocasiones no se corresponderán con esos valores que con tanto afán muchos padres nos esforzamos en inculcarles a nuestros hijos? Por supuesto, no puedo generalizar y decir que todas las personas son así.  Pero sinceramente a estas alturas de mi vida creo que hoy en día la gente educada es la excepción y no la norma. Y no me refiero a la educación académica sino a esa educación de la vida cotidiana, la que debería prevalecer en nuestras relaciones sociales y en nuestro trato con los demás.

Para mí no es una opción criar a un individuo sin valores, por ende, quiero, deseo y aspiro a continuar educando a mi hijo en valores. Quiero educarlo en la empatía, la consideración, la cortesía, la honestidad, la integridad y la responsabilidad, entre tantos otros valores que pueda inculcarle.

Porque yo sí aprecio los “buenos días”, las “buenas tardes” y las “buenas noches”. Aprecio el trato gentil y amable, la consideración hacia los demás y hacia mi persona. Una consideración cuya traducción esencial es ser conscientes de que no vivimos solos en este mundo ni en nuestro país ni en nuestra ciudad, que somos miembros de una comunidad y  que todos merecemos respeto.

Educar a mi hijo sin valores no es una opción para mí, por ende, la gran pregunta es ¿cómo logro ajustar esa decisión con lo que creo está ocurriendo en la actualidad: que estamos viviendo una crisis de valores (por muy cliché que parezca la frase)? Entonces, también lo educaré y lo formaré para que defienda sus derechos, establezca claramente sus límites y no permita que lo avasallen esos otros que siempre querrán aprovecharse de la bondad, de la honestidad y de la responsabilidad. Porque siempre existirán aquellos cuya vida no está ceñida por una conducta ética o moral, por tanto, carecen de valores y su comportamiento es deleznable y dañino para nuestra sociedad.

La Conclusión

En conclusión, continuaré educando a mi hijo en valores, con la suficiente suspicacia para permitirle identificar a aquellos en cuya vida no prevalecen estos valores y sepa qué esperar y cómo tratar con esas personas.

También deseo para él que sea un hombre firme en sus propósitos, en sus decisiones y en sus acciones. Que sea un hombre de provecho para sí mismo y, por añadidura, también para la sociedad. Una sociedad sobre la cual albergo la esperanza sea digna de que sus ciudadanos sean educados en valores y, a su vez, que esos individuos sean valorados dentro de ese conjunto social.

Para finalizar, y muy relacionado con el tema, les comparto este diálogo extraído de la obra maestra de Ayn Rand “La Rebelión de Atlas” sobre una definición de moral que considero extraordinariamente sencilla, clara y acertada.

-¿Qué es la moral? –preguntó Dagny. 

-El juicio para distinguir entre el bien y el mal; la visión que nos permite percibir la verdad, el valor para actuar en consecuencia, la abnegación hacia el bien y la integridad para conservarse bondadoso a cualquier precio. Pero, ¿dónde se la encuentra?

En definitiva, existe el bien y el mal, la verdad y la mentira, las conductas apropiadas y las inapropiadas, y por eso educar en valores a nuestros hijos es fundamental para que sean capaces de medir, reconocer y enfrentar cada una esas aristas del mundo y de la sociedad en los cuales vivimos.


 

¿Concuerdan conmigo en que estamos viviendo una crisis de valores en nuestra sociedad?

Como siempre estaré encantada de recibir sus comentarios y opiniones sobre este tema.

¡Gracias por leerme!

Abrazos,

Madrevivencias - Firma 2018 - Post

 

11 comentarios en “Sobre Educar a Mi Hijo en Valores… y unos Codazos en el Cine

  1. Creo que es mejor que continues educando en valores, tengamos un poco de esperanza en el futuro aunque cohincido contigo en la crisis que está sufriendo la humanidad en éste tema…
    P. D. Yo habría tardado también en reaccionar.

    Le gusta a 1 persona

  2. Totalmente de acuerdo contigo en que estamos viviendo una crisis de valores, ya ni buenos días ni gracias, algo tan esencial para mí!!!
    Sigue educando a tu hijo e3valores, estoy segura que Él sabrá identificar a esas otras personas
    Misdosyyo

    Le gusta a 1 persona

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